
ARTÍCULO DE OPINIÓN.
LA POLÍTICA, EL LIDERAZGO Y LA MEZQUINDAD.

En la política, como en la vida, el mayor enemigo del progreso no siempre es el adversario externo, sino la mezquindad interna. Esa actitud que se resiste al cambio, que teme perder espacios y que se aferra al pasado aun cuando el presente exige renovación. Hoy vemos con claridad cómo muchos políticos “de Maradona”, curtidos en viejas prácticas y discursos repetidos, no aceptan ni toleran ser sustituidos por una figura joven, prometedora y confiable, una figura que no tiene “cola que le pisen”.
El problema no es la experiencia; la experiencia bien utilizada es valiosa. El verdadero problema surge cuando esa experiencia se convierte en obstáculo, cuando se usa para bloquear oportunidades, para desacreditar a quien trae nuevas ideas y para frenar el relevo natural que toda organización política necesita para sobrevivir. Ahí es donde nace la mezquindad: en el miedo a quedar atrás.
En mi opinión, si somos parte de un mismo partido político, el deber principal debería ser fortalecerlo, no debilitarlo desde dentro. Eso implica cambiar, dar oportunidades, innovar y entender que los tiempos de hoy no son los mismos de ayer. Aferrarnos a viejos liderazgos por puro apego personal o por intereses particulares es condenarnos al estancamiento. Y en política, el estancamiento es sinónimo de desaparición.
La realidad es simple y contundente: si seguimos actuando como políticos del pasado, seremos borrados con el tiempo. La sociedad avanza, el electorado evoluciona y las nuevas generaciones demandan transparencia, coherencia y líderes creíbles. Ya no basta con el apellido, la trayectoria o los años de militancia; hoy se exige integridad, preparación y una visión clara del futuro.
Los tiempos han cambiado, y con ellos ha cambiado el ámbito político, empresarial y de liderazgo. Todo gira en torno a la transformación, a la capacidad de adaptarse y de conectar con una ciudadanía más informada y más crítica. Quien no entienda esa realidad está destinado a quedarse solo, hablando un lenguaje que ya nadie escucha.
Dar paso a figuras jóvenes no es traicionar la historia de un partido; al contrario, es honrarla. Es garantizar continuidad, oxígeno y esperanza. La política necesita menos mezquindad y más grandeza, menos miedo y más visión de futuro. Porque al final, el verdadero liderazgo no teme ser sustituido: se siente orgulloso de haber sido parte del cambio.



