En mi vida académica pocas veces he asistido a una investidura al finalizar un ciclo de estudios. El pasado sábado ocurrió una excepción. Participé en la 79.ª graduación ordinaria de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en la que recibí el título de Doctora en Estudios del Español: Lingüística y Literatura.Era, por supuesto, un momento especial. Cinco años de estudios y alrededor de cuatro dedicados a una investigación doctoral quedaban simbolizados en un título. Pero lo verdaderamente inolvidable ocurrió antes de recibirlo. Mientras desfilaban las autoridades académicas, descubrí entre ellas a mi director de tesis, el doctor Rafael Núñez Cedeño, profesor emérito de la Universidad de Illinois, en Chicago. Me quebré, lo confieso. Mi maestro había viajado desde Chicago para acompañarme en aquel momento.Su presencia me hizo comprender, quizás, con mayor claridad, la dimensión de su acompañamiento durante todos estos años. Desde que impartió una de las asignaturas del doctorado, asumió mi investigación con un compromiso que trascendió…
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Fuente: Opinión
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